LIE

Soy Antonio Izquierdo Chenique, escritor novel, gran aficionado al cine y la musica clasica. este es mi blog espero que os guste.


El rincon de los susurros

El rincon de los susurros

domingo, 10 de julio de 2016




                                                                          Primer movimiento.
                                     
                                         Réquiem    Mozart
                          
                                                               Introito
                         

                       
                       








                                                 




                                                                                De la eterna oscuridad





                              









Se acerca el fin…
Fue el fagot el que hizo que las nubes ásperas y llenas de ira, cabalgasen en pos de aquella oscura tierra, una tierra lejana, perdida en el más triste de los parajes y enterrada en lo más recóndito de los entresijos del ser humano.
 Aquellas, se movían dichosas emitiendo impulsos eléctricos, blandiendo entre si truenos agónicos y arrastrando una espesa bruma que lo impregnaba todo a su paso, los altos alcornoques, la virulenta maleza, la roca… esa que daba forma a enormes torreones y a grandes baluartes… mientras quedaba  aletargada en el espeso aire, a la espera de algo más que devorar.
Fueron las nubes las que arrebataron el color oscuro a la noche, transformando el cielo en un tapiz gris, llenándolo de ceniza. Un adolorido clarinete consiguió que la aciaga cólera quedara sumida en la nada, convirtiéndola en una tristeza ruin. Colmadas de lágrimas  se fundieron con el agua que trasportaban y  escupieron el odio que habían ido acumulando durante siglos. Un grito agudo y todo exploto. Clarinete y fagot suenan al unísono. Comienza el introito.
 La primera lágrima fue absorbida sin esfuerzo alguno por la vetusta tierra, hizo lo mismo con la segunda, la tercera y la cuarta, pero las estas eran incontrolables y la tierra no tenía fuerza suficiente para resistir la angustia de las desoladas nubes. Casi sin querer… se dejó devorar por la afligida tristeza.
De nuevo los truenos, de nuevo el temblor, de nuevo el clarinete y fagot y por fin la súplica y el interminable llanto.
  El hombre se despertó con el chirriar de la puerta al abrirse, con el estridente sonido de las bisagras emitiendo gritos de dolor, un dolor viejo, antiguo, un dolor que había permanecido dormido durante años. Mientras la puerta continuaba su viaje interminable hacia su más próximo asidero,  el hombre  seguía sin vislumbrar nada, tuvo que esperar a  que su mente aletargada por aquel ensueño que le gobernaba, diera  el permiso necesario a sus ojos, para que estos, ávidos de la necesidad de obrar, dejasen entrar algo de luz,  una luz sin embargo que no lo era tanto, pues era la oscuridad la que henchía aquella vieja mazmorra. El prisionero abrió poco a poco los parpados, pesados como yunques, dejo que la atmosfera  que envolvía la estancia rozara despacio sus decrepitas pupilas, estas se dilataban y contraían para acostumbrarse a la nueva situación y con ello conseguir  entrever, quien abría la puerta. ¿Cuánto hacia que no utilizaba los ojos? No tardo en descubrir que allí solo estaba él y que aquel portón carcomido no estaba siendo movido por nadie.
― ¡¡¡Hola!!! 
Su voz quebrada retumbo por las piedras que daban forma a la mazmorra, esas que le resguardaban de la colérica lluvia. Miro alrededor descubriendo adoquines primitivos cubiertos de gusanos que socavaban piedra a piedra, convirtiéndolos  en polvo, un polvo que se amontonaba a los pies de los muros, un polvo que recubría lo que parecían restos de algún ser vivo. No muy lejos escucho el cloquear del agua golpeando la piedra…Cloc cloc cloc. Aquel sonido despertó en el hombre una sed voraz. ¿Cuánto hacia que no bebía? El rumor del viento le hizo estremecerse, su cuerpo presa del frio comenzó a temblar, sus dientes emprendieron una ardua tarea, costosa en un principio, pero  cada vez  menos trabajosa, poco a poco fueron esforzándose por acallar el cloquear del agua, golpeándose entre si. El hombre intento refugiarse bajo las telas de su ropaje, un  ropaje deslustrado, turbio, y andrajoso. Su tez estaba cubierta por una barba espesa, junto con una melena pelirroja, sus ojos marrones no dejaban de observar aquella mazmorra solitaria.
― ¿Dónde estoy? ― Susurro. Un susurro que hizo que se le erizara el vello del cuerpo… y  por un momento lo comprendió, lo hizo al oír el eco de su voz retumbando en el vacío de aquella mezcolanza de piedras y arena, se dio cuenta en el instante en que su voz quedo absorbida por la quietud de aquella lúgubre estancia.
― Estoy solo.
Intento levantarse, dejando que sus piernas afanosas de movimiento, poco a poco tomaran conciencia de quienes eran e hiciesen su trabajo, sujetar aquel ser…
― ¿Quién soy?
 Una vez en pie, una vez que su cuerpo estuvo dispuesto a caminar, oteó en la piedra un agujero del tamaño de su brazo, vislumbró dentro de este un aletazo de luz, unos cuantos  movimientos flexibles y rápidos de algo que danzaba en el interior. Se movió rápido sin apenas pensarlo, el brazo que llevaba dormido una eternidad salió disparado en pos de aquello que no dejaba de agitarse, agarró con sus dedos duros y fríos aquella amalgama de pelo y músculos, sintió en su piel el calor del animal. Era un calor embriagador excelso de vida. Cuando saco la mano del ponzoñoso agujero donde la había metido, se percató de lo que era… una rata, apenas se entretuvo, apenas disfruto de la caza, directamente se la metió en la boca y la mordió, mientras esta chillaba, mientras intentaba asirse de los dientes feroces de aquel semejante, este disfruto de su calor, agradeció la sangre discurriendo por sus labios, gozó mordisqueando la carne, para luego estremecerse sintiendo su sabor. ¿Cuánto hacia que no comía?
Se quedó de pie en el umbral de la puerta, unas escaleras largas y oscuras descendían hacia el infinito. Asomo un poco más la cabeza hacia aquella penumbra y volvió a farfullar.
― ¿Hola?
El sonido descendió escaleras abajo perdiéndose en la oscuridad. No hubo respuesta. Una vez más el silencio absorbió su voz. Fue un momento después cuando decidió descender hacia la penumbra, aunque no sin temor, y sin que se le estremeciese todavía más el corazón. Dio un paso, luego otro, se descubrió descendiendo con más valor del que creía, sus pasos retumbaban en la inmensidad del vacío, en la infinita oscuridad, sus manos asidas a las paredes daban seguridad al resto del cuerpo, quiso encontrar su voz, estaba dispuesto hacerlo. ― Alguien me ha tenido que oír. ¿Dónde está todo el mundo? ―  Levanto la vista de los escalones al percatarse de un ápice de luz que entraba al final de estas. Comenzó a descender más y más  rápido, ya no necesitaba las manos, corría sin ningún tipo de apoyo. La luz cada vez más grande, cada vez más cerca… y el hombre que se bloquea, taciturno, cuasi insípido, relleno de hollín, de una burda longevidad. Su razón, deambulando de un lado a otro en pos de alguna conjetura plausible, en aquella atmosfera envenenada de una oscura embriaguez…las notas, el violín, los coros, aquel silencio cerval, aquella claridad tan lejana…pero el cuerpo se debilita bajo aquel arco que compunge las rocas, las que dan paso hacia una palpable mortandad.
Tanto tiempo esperando, tanto terror acumulado, tanta desdicha. Pasó mucho tiempo antes de que este decidiese poner rumbo a aquella suerte de bosque enfermizo. Más fueron sus pies los que decidieron dar el paso y avanzar, dejando a la lacónica razón envuelta en una vorágine de locura y desesperación. El viento azuzo sus ropas y acaricio su tosca piel, sus cochambrosas sandalias peinaban la hierba que se movía bajo sus pies, las manos intentan asirse al aire, que por un momento parece envolver al hombre, ahora perdido en aquella selva oscura. Entonces levanta la vista hacia el vacío estelar, pero no recuerda el nombre de ningún Dios al que rezar, las estrellas lo observan perezosas, como ocultando la aparente verdad, una realidad tan absurda que hace que nuestro hombre, no sea si no una diminuta  nota en aquella enorme partitura.
Después contemplo desolado la torre donde había estado encerrado, vislumbró aquella estructura ruinosa, que se encontraba en medio del claro de un bosque. Este estaba lleno de abetos malogrados, más bien espantajos  oscuros y mal cuidados, cosas deformes y grotescas sin una chispa de color. Ahora bien en toda aquella planicie he incluso dentro del bosque, el silencio lo envolvía todo, no se oían pájaros, no cantaban grillos, no crujían las ramas, era el silencio quien abarcaba todo y era un silencio cerval, espelúznate, un silencio sin embargo que no lo era tanto para poder alcanzar el sueño apaciblemente.
 Concluyo seguir caminando, hacia cualquier dirección, daba igual, todo estaba cubierto de un manto de árboles enormes.  Una vez dentro del bosque se dio cuenta de que la oscuridad era incluso más  agresiva que en el claro, y el silencio mucho más aterrador.
Llevaba mucho tiempo caminando, ya no se acordaba del sabor de la rata, y el silencio no lo era tanto gracias a su estómago, por suerte la oscuridad también menguó gracias a que sus pupilas se acostumbraron pronto a la oscuridad.
Mientras el hombre sigue a su paso, mientras el silencio lo abarca todo. Nosotros de la lejanía como fundiéndose con la oscuridad oímos el fagot con el que ha dado inicio el introito. El hombre sigue perdido, inundado por la oscuridad, abrazado por los enormes sauces y envuelto en el silencio. Pero para nosotros todo se mueve con ese fagot solitario que de nuevo ha comenzado a sonar.  Pronto durante ese mismo caminar notó que el suelo comenzaba a temblar, no era una vibración fuerte ni exagerada como las que suelen traer los terremotos, era un vibrar suave y sosegado, acompañado por un adolorido y encantador clarinete que en ese instante vuelve fundirse con el fagot. Él hombre se detuvo, creía también haber oído algo, era como…el batir de unas alas, no podía ser un pájaro pues sonaba tan cerca y tan fuerte que tenia que ser algo mayor. ― ¿Un buitre?  No, es mucho más grande― El caminante se resguardo asustado bajo uno de los árboles, puso más atención al ruido, mirando a la excelsa oscuridad. Descubrió unos ojos rojos bien grandes. ― Sabía que no podía ser un buitre― Aprecio una enorme silueta acercándose a gran velocidad, escucho más fuerte el batir de las alas,  un bálsamo a quemado inundo sus fosas nasales, y después de una larga espera lo vio…tan grande como el bosque, tan negro como el cielo.  Los violines comienzan a sollozar, dejando en un segundo plano al fagot y clarinetes, pareciendo que presienten la llegada de aquella infame criatura, acompasando su vuelo desde las estrellas. 
Se posó con sus enormes garras sobre los árboles, estos sufrían aguantando el peso de aquel, sus enormes alas se cernieron sobre su cuerpo abrigándolo del frio, observó al hombre con sus enormes ojos rojos. Y el simple mortal que se arredra, que busca cobijo entre sus rodillas porque apenas se atreve a mirar. Fagot, clarinete y violín suenan al unísono. La criatura acerco sus fauces al semejante aterrorizado y rujió, tan fuerte que rompió el silencio que lo había gobernado a este desde que despertara, despertó cuervos que comenzaron a graznar, y sacudió árboles, que a punto estuvieron de caer. El hombre se tapó los oídos pero le fue imposible apaciguar aquel fulgor sonoro.  ― ¡¡¡Humano!! ― Pronuncio y después aquella bestia gigante desapareció, con la misma rapidez que vino, camuflándose entre la oscuridad.

          



Ahora bien cuando aquella suerte de bestia malograda hubo desaparecido y una vez que el alma de aquel pobre hombre encontró un resquicio de paz, resolvió seguir caminando. Tenía que hacerlo, salir de allí lo más rápido posible. ¿Pero a dónde?  Mientras  se movía sin un destino concreto, una voz suave y melancólica le hizo detenerse.
― ¿Qué haces por aquí joven heraldo?
La anciana salió de una especie de casucha que el hombre no había logrado ver.  Su tez  diezmada por la edad y llena de surcos no permitía ni una arruga más, iba tapada con un pañuelo y un largo vestido negro, ya no le quedaban dientes y sus dos ojos eran completamente blancos.
― ¿Quién eres? Pregunto el hombre
― ¿Qué quién soy? Simplemente soy, que ya es mucho en este lugar.
― ¿Quién soy yo entonces?
 Una pregunta bastante difícil de responder, deberías conformarte con estar vivo.
― No es suficiente, necesito saber quién soy.
 Morirás como otros antes que tú
― ¿No lo estoy ya?
― Si, tal vez.
    ― He visto ¿un dragón?, o al menos eso creo, era negro  con los ojos…
   ― Rojos.
   ― Sí. Creía que no existían
    Creemos tantas cosas joven heraldo, que podrías llegar a sorprenderte. Nelgar,  así es como se llama, puede adoptar muchas formas, tantas como miedos existen en el hombre. Lo que ahora me inquieta es porque lo has visto, porque ha venido a ti. Ven acércate deja que vea tus ojos. Vaya…vaya…vaya… jamás había visto nada igual de tantos que han pasado por aquí, quizá tengamos un pizca de esperanza contigo.
― Puedes decirme entonces donde estoy. Y ¿Por qué no hay nadie? ¿Qué ha pasado?
― Puedo decirte tantas cosas, la cuestión es si debo, o si recuerdo algo, todo cuanto paso esta tan lejos en el tiempo que ni yo alcanzo a recordar. 
Recuerdo que Nelgar abrió las puertas del inframundo. Nadie sabe cómo, ni siquiera sabíamos de su existencia. Después lleno el cielo de su oscuridad dejándonos sin luz. Libero bestias deformes, ejércitos de no muertos abrigados de armaduras grotescas. Recuerdo que reyes de todo el mundo se unieron para luchar. Pero bajo los abismos del inframundo Nelgar guardaba un secreto mayor que todos sus no muertos, un secreto mucho más terrible y voraz…Dragones.
Después todo es oscuridad, desesperación, y silencio…sobre todo silencio.
― ¿Por qué no recuerdo nada, ni si quiera  mi nombre?
― Yo puedo darte un nombre si tanto lo anhelas, pero el tuyo propio por el que una vez se te conoció, hace tiempo que desapareció, no tienes pasado, al igual que tampoco tendrás futuro…aunque tus ojos. Ven quiero darte algo.
La anciana hizo pasar al hombre a su casucha, abrió un pequeño baúl y le dio una armadura de bronce, negra como el carbón, con una cabeza de león tallada en el pecho y una alabarda que solo era capaz de mover con las dos manos.
― Pero… ¿No se utilizarla? Además ¿Cómo va esto a ayudarme a saber quien soy?
― Joven heraldo, terco como una mula. Sin esto, no podrías seguir vivo. Todavía deberías de darte con una pica en esa dentadura tuya, de haber llegado hasta aquí sin un rasguño.
Veras…una vez oí, que no muy lejos de aquí existe una montaña enorme. Tan alta que ni los carroñeros de los buitres son capaces de llegar. Allí en su cima hay un santuario. O al menos eso creo, como digo no son mas que chismes de una anciana que apenas recuerda que comió ayer. Dentro del santuario debe de haber un espejo gigante dicen que si eres capaz de plantarte delante de él puede contarte quien eres. Pero nadie ha vuelto con vida para saberlo con certeza.
― ¿Cómo llego hasta allí? ¿Cómo se llama ese monte?
― Son muchas preguntas para una anciana como yo. Y veo que tienes una intrínseca obsesión con eso de ponerle nombre a todo. Bien. Llamémosle monte perdido. En cuanto a la dirección creo que tendrás que seguir los arboles, hazlo hasta que dejen de existir, quizá entonces logres ver la montaña. Aunque puede que me equivoque.
― Pero no me das ninguna solución.
― Tampoco la necesitas, mi misión esta hecha, tienes tu armadura y portas tu alabarda. En cuanto a mí…
El ruido de un trueno ensordecedor hizo vibrar la casucha, la túnica que envolvía el cuerpo de la anciana callo vacía al suelo. Aquella suerte de vísceras músculos y voz que daban forma a aquel cuerpo casi moribundo había desaparecido.
Y ahora el fagot…quizás el clarinete o acaso los coros y la testarudez de un melancólico violín. Y la voz del hombre saliendo de sus entrañas con un terror absoluto.
― Monte perdido.

miércoles, 22 de abril de 2015



                                                      
                          Diario de Frank
23 abril del 2015:   03:15 a 06:45
Nocturne número 1 de Chopin, sonaba en mí mp3, tan fuerte que era incapaz de oír el agua que caía del cielo estrellándose contra el duro asfalto, sí que veía las nubes retorciéndose y chocando entre sí, incluso  emitiendo algún que otro fogonazo de luz, pero no escuchaba lo mas mínimo, ni siquiera el coche que seguramente tubo que pitarme al frenar en seco, para no atropellarme cuando cruce por en medio de la cazada.    ― Que te den por culo gilipollas.
Como digo, mis órganos auditivos estaban empapados por las teclas que Chopin tocaba sin importarle lo más mínimo todo lo que ocurriese alrededor.
Caminaba, con un paso más ligero de lo normal, con el pulso vagamente acelerado, tal vez dejándome llevar por la euforia de la música. Apenas me había dado tiempo a vestirme, tan solo la camiseta del pijama con la que me había acostado, unos vaqueros sucios que recogí del montón de ropa que vagaba por mi casa y las chancletas de playa, las cuales, al igual que todo lo demás, todavía no había guardado.
Eran las tres y cuarto de la madrugada. No podía dormir, de nuevo aquellas horribles pesadillas habían vuelto para para flagelarme, para taladrar con brocas invisibles hasta el más recóndito de mis entresijos, de hecho notaba aquella sangre discurriendo por el interior de mi cabeza, cayendo a borbotones. Necesitaba que la lluvia fría empapara mis ideas y que esta puta cabeza dejara escapar cualquier resquicio de aquella rocambolesca pesadilla. Mis pies, estaban  completamente empapados. Aunque eso era de esperar, caminando como lo hacía bajo aquella lluvia y en chanclas, de todas formas no era algo que me preocupara, tampoco hacia mucho frio, con lo que la frialdad del agua se soportaba bien, mucho mejor que la necesidad de un whisky con hielo, o la exasperación por un maldito cigarro. He de reconocer que por un instante me vi a cámara lenta caminando por los charcos que formaba el agua, salpicando a cada movimiento gotas de agua que caían al ritmo que marcaban las teclas  de Chopin. Joder parece una puta película. Intente sonreír.
La calle era interminable. ¿Dónde coño estaba  el puto bar? Tan infinita como aquella certidumbre horrible con la que me despertaba siempre después de las pesadillas, una certeza absoluta de que algo malo iba a pasar, era como un puño golpeando mi sien, como si alguien intentara avisarme de algo, y quisiera hacerme mirar hacia el sitio correcto.
El bar era de lo más repugnante, tan solo había dos borrachos apoyados en la barra, medio muertos, apenas hablaban, aunque sí que lo  intentaban, pero no  era más que un intento burlesco por lograr comunicarse, en consecuencia, solo conseguían  balbucear sonidos inconcretos, parecían niños recién nacidos.
La luz mortecina de los focos que todavía funcionaban, impregnaba gran parte de aquel  tugurio de mala muerte, hacía que las cristaleras donde se encontraban las raciones  brillaran de un modo inusual, dando a la comida un aspecto decadente.
 La Veleta, ese era el nombre con el que un día decidieron bautizar  a ese bar  mugriento, gobernado por tipo cuya masa corporal abarcaba  todo el hueco por donde debía de moverse con cierta rapidez si alguna vez tenía la suficiente clientela como para tener que hacerlo. Todo en  aquel bar apestaba a orín y vómito, el suelo estaba lleno de colillas sin limpiar desde hacía siglos, el techo se caía a pedazos, el brillo del mármol había desaparecido, la atmosfera estaba henchida del humo de los cigarrillos que esos dos y antes un centenar se habían fumado allí dentro, en consecuencia, el sitio era una gran mierda pinchada en un palo, pero necesitaba una copa y era el único sitio que a esas horas estaba dispuesto a ofrecérmela.
A decir verdad me moví por el interior con bastante comodidad, como si todo aquello fuese parte de mí, como si lo echara de menos. Note una especie de sensación embriagadora, al ver las mesas y sillas de metal que ocupaban gran parte del salón.
Golpee la barra con la cartera y grite:
 Un wiski solo, con dos hielos y en vaso grande.
El camarero ni se inmuto, y espero unos segundos antes de preguntar si de alguna marca en especial. Note el olor de su aliento golpeando mi cara,  era un hedor  fétido, como el que despiden  las cloacas una noche de verano, después de aguantar durante todo el día las sacudidas de un sol implacable. Eso me hizo fijarme en sus dientes que eran pura mierda, como si alguien le hubiese rebozado  esta con estiércol. Cuando levanto el brazo para alcanzar la botella descubrí manchas de sudor en su camisa, no unas cualquiera, producto de un día de trabajo. No. Aquellas  llevaban  tanto tiempo impregnadas  en la camisa que ya formaban parte de ella.
 Ha veces  resulta  gracioso lo rápido que te puede cambiar la vida en cuestión de horas, un día eres el hombre más feliz del mundo y al  siguiente, estas roto por dentro, tanto, que tu cuerpo ya no es capaz de sostener en su interior eso que denominan alma.  A veces ese golpe fuerte te sacude tan rápido  que apenas te da tiempo a verlo llegar, solo eres consciente de ello, cuando ya estas sumido en un limbo de ácido y sal.
 Me bebí el whisky de un trago y me encendí uno de  los  pitillos  que aquel camarero desaseado me había dado, le di una calada tan  grande a  aquellos portadores de muerte,  que casi  me quede sin aire, note como el humo negro y viscoso, expulsaba  todo el aire sano que llenaba  mis pulmones y  dejaba que el negro  cubriera todas aquellas cavidades  de una oscuridad  ruin…cáncer. Que fácil resultaba decirlo, y que extrañamente cruel asimilarlo. Me observe  en el espejo que había delante de la barra, tenía una larga barba, ya cada vez menos pelirroja y una melena cada vez más rubia. ¿Para  qué coño ponen esos espejos ahí? En el gimnasio lo entiendo, ver poco a poco los resultados de cómo esculpes tu cuerpo ¿Pero aquí?
Me bebí el siguiente whisky de otro trago, y ya el siguiente cigarro no dolió tanto, tampoco me acordaba ya de las pesadillas, incluso aquella sordidez que antes me sorprendió del bar apenas me importaba ya. Seguí bebiendo hasta que vi como la luz del sol acariciaba el umbral de la puerta,  y  como el primer autobús de la mañana se paraba justo enfrente.
Volví la vista al vaso vacío. Siempre es todo tan difícil… que… a veces la mejor solución es la primera que se te pasa por la cabeza…pero esa solución podría resultar de lo más dolorosa. Por suerte existe el whisky.
 Como decía. El olor del camarero había desaparecido, la exasperación de un cigarro la liquide fumándome un paquete, y aquella certidumbre de que algo malo iba a pasar termino quedando en el olvido, al final tan solo veía un vaso lleno y otro vacío. Estire los brazos sobre la barra y apoye mi cabeza en  ellos, me gire y vi a los dos borrachos que estaban  cuando  entre. Por fin había logrado entenderles, después de todo, no éramos tan diferentes.
Hoy colgare el primer capitulo del diario de Frank. a ver que tal, si va gustando ire colgando los siguientes... Al principio de cada capitulo pondre una sinfonia, recomiendo escuchar mientras se lee.