LIE

Soy Antonio Izquierdo Chenique, escritor novel, gran aficionado al cine y la musica clasica. este es mi blog espero que os guste.


El rincon de los susurros

El rincon de los susurros

miércoles, 22 de abril de 2015



                                                      
                          Diario de Frank
23 abril del 2015:   03:15 a 06:45
Nocturne número 1 de Chopin, sonaba en mí mp3, tan fuerte que era incapaz de oír el agua que caía del cielo estrellándose contra el duro asfalto, sí que veía las nubes retorciéndose y chocando entre sí, incluso  emitiendo algún que otro fogonazo de luz, pero no escuchaba lo mas mínimo, ni siquiera el coche que seguramente tubo que pitarme al frenar en seco, para no atropellarme cuando cruce por en medio de la cazada.    ― Que te den por culo gilipollas.
Como digo, mis órganos auditivos estaban empapados por las teclas que Chopin tocaba sin importarle lo más mínimo todo lo que ocurriese alrededor.
Caminaba, con un paso más ligero de lo normal, con el pulso vagamente acelerado, tal vez dejándome llevar por la euforia de la música. Apenas me había dado tiempo a vestirme, tan solo la camiseta del pijama con la que me había acostado, unos vaqueros sucios que recogí del montón de ropa que vagaba por mi casa y las chancletas de playa, las cuales, al igual que todo lo demás, todavía no había guardado.
Eran las tres y cuarto de la madrugada. No podía dormir, de nuevo aquellas horribles pesadillas habían vuelto para para flagelarme, para taladrar con brocas invisibles hasta el más recóndito de mis entresijos, de hecho notaba aquella sangre discurriendo por el interior de mi cabeza, cayendo a borbotones. Necesitaba que la lluvia fría empapara mis ideas y que esta puta cabeza dejara escapar cualquier resquicio de aquella rocambolesca pesadilla. Mis pies, estaban  completamente empapados. Aunque eso era de esperar, caminando como lo hacía bajo aquella lluvia y en chanclas, de todas formas no era algo que me preocupara, tampoco hacia mucho frio, con lo que la frialdad del agua se soportaba bien, mucho mejor que la necesidad de un whisky con hielo, o la exasperación por un maldito cigarro. He de reconocer que por un instante me vi a cámara lenta caminando por los charcos que formaba el agua, salpicando a cada movimiento gotas de agua que caían al ritmo que marcaban las teclas  de Chopin. Joder parece una puta película. Intente sonreír.
La calle era interminable. ¿Dónde coño estaba  el puto bar? Tan infinita como aquella certidumbre horrible con la que me despertaba siempre después de las pesadillas, una certeza absoluta de que algo malo iba a pasar, era como un puño golpeando mi sien, como si alguien intentara avisarme de algo, y quisiera hacerme mirar hacia el sitio correcto.
El bar era de lo más repugnante, tan solo había dos borrachos apoyados en la barra, medio muertos, apenas hablaban, aunque sí que lo  intentaban, pero no  era más que un intento burlesco por lograr comunicarse, en consecuencia, solo conseguían  balbucear sonidos inconcretos, parecían niños recién nacidos.
La luz mortecina de los focos que todavía funcionaban, impregnaba gran parte de aquel  tugurio de mala muerte, hacía que las cristaleras donde se encontraban las raciones  brillaran de un modo inusual, dando a la comida un aspecto decadente.
 La Veleta, ese era el nombre con el que un día decidieron bautizar  a ese bar  mugriento, gobernado por tipo cuya masa corporal abarcaba  todo el hueco por donde debía de moverse con cierta rapidez si alguna vez tenía la suficiente clientela como para tener que hacerlo. Todo en  aquel bar apestaba a orín y vómito, el suelo estaba lleno de colillas sin limpiar desde hacía siglos, el techo se caía a pedazos, el brillo del mármol había desaparecido, la atmosfera estaba henchida del humo de los cigarrillos que esos dos y antes un centenar se habían fumado allí dentro, en consecuencia, el sitio era una gran mierda pinchada en un palo, pero necesitaba una copa y era el único sitio que a esas horas estaba dispuesto a ofrecérmela.
A decir verdad me moví por el interior con bastante comodidad, como si todo aquello fuese parte de mí, como si lo echara de menos. Note una especie de sensación embriagadora, al ver las mesas y sillas de metal que ocupaban gran parte del salón.
Golpee la barra con la cartera y grite:
 Un wiski solo, con dos hielos y en vaso grande.
El camarero ni se inmuto, y espero unos segundos antes de preguntar si de alguna marca en especial. Note el olor de su aliento golpeando mi cara,  era un hedor  fétido, como el que despiden  las cloacas una noche de verano, después de aguantar durante todo el día las sacudidas de un sol implacable. Eso me hizo fijarme en sus dientes que eran pura mierda, como si alguien le hubiese rebozado  esta con estiércol. Cuando levanto el brazo para alcanzar la botella descubrí manchas de sudor en su camisa, no unas cualquiera, producto de un día de trabajo. No. Aquellas  llevaban  tanto tiempo impregnadas  en la camisa que ya formaban parte de ella.
 Ha veces  resulta  gracioso lo rápido que te puede cambiar la vida en cuestión de horas, un día eres el hombre más feliz del mundo y al  siguiente, estas roto por dentro, tanto, que tu cuerpo ya no es capaz de sostener en su interior eso que denominan alma.  A veces ese golpe fuerte te sacude tan rápido  que apenas te da tiempo a verlo llegar, solo eres consciente de ello, cuando ya estas sumido en un limbo de ácido y sal.
 Me bebí el whisky de un trago y me encendí uno de  los  pitillos  que aquel camarero desaseado me había dado, le di una calada tan  grande a  aquellos portadores de muerte,  que casi  me quede sin aire, note como el humo negro y viscoso, expulsaba  todo el aire sano que llenaba  mis pulmones y  dejaba que el negro  cubriera todas aquellas cavidades  de una oscuridad  ruin…cáncer. Que fácil resultaba decirlo, y que extrañamente cruel asimilarlo. Me observe  en el espejo que había delante de la barra, tenía una larga barba, ya cada vez menos pelirroja y una melena cada vez más rubia. ¿Para  qué coño ponen esos espejos ahí? En el gimnasio lo entiendo, ver poco a poco los resultados de cómo esculpes tu cuerpo ¿Pero aquí?
Me bebí el siguiente whisky de otro trago, y ya el siguiente cigarro no dolió tanto, tampoco me acordaba ya de las pesadillas, incluso aquella sordidez que antes me sorprendió del bar apenas me importaba ya. Seguí bebiendo hasta que vi como la luz del sol acariciaba el umbral de la puerta,  y  como el primer autobús de la mañana se paraba justo enfrente.
Volví la vista al vaso vacío. Siempre es todo tan difícil… que… a veces la mejor solución es la primera que se te pasa por la cabeza…pero esa solución podría resultar de lo más dolorosa. Por suerte existe el whisky.
 Como decía. El olor del camarero había desaparecido, la exasperación de un cigarro la liquide fumándome un paquete, y aquella certidumbre de que algo malo iba a pasar termino quedando en el olvido, al final tan solo veía un vaso lleno y otro vacío. Estire los brazos sobre la barra y apoye mi cabeza en  ellos, me gire y vi a los dos borrachos que estaban  cuando  entre. Por fin había logrado entenderles, después de todo, no éramos tan diferentes.

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