LIE

Soy Antonio Izquierdo Chenique, escritor novel, gran aficionado al cine y la musica clasica. este es mi blog espero que os guste.


El rincon de los susurros

El rincon de los susurros

viernes, 4 de noviembre de 2016



Segundo movimiento.

Réquiem Mozart.

Kirye









                                         Del  cruel amanecer








El coro abre la que será una cruenta mañana.
Chocan las espadas, resuena con ellas el trombón, el griterío de los hombres casi aturde a los violines, el olor a humedad y sangre impregna las  fosas  nasales de los caballeros que batallan en aquella planicie abandonada, arrastrándose por el barro. El sonido del metal  ensartando la envoltura que salva guarda el poderoso espíritu, la carne resquebrajándose, escupiendo el calor viril que  da movimiento a aquellos seres empedrados en ropajes casi desvencijados, semi cubiertos de un metal oxidado en el que confían sus vidas. La terca estupidez humana.
Los alaridos de dolor  se entrecruzan con los suspiros de un íntimo  violín que ya suena junto al coro y trombón…el tormento que acompañara a los hombres en su epopeya…en su fin.
Entonces cada movimiento se convierte en una súplica, la súplica en dolor, dejando paso a la soprano que atrae la luz perpetua del amanecer. Las nubes huyen despavoridas, el agua que durante la noche a convertido el campo de batalla en un cúmulo de meandros toca su fin. Las  espadas golpean hastiadas, pero el ánimo de los caballeros no flaquea y les impide retroceder de la eterna lucha. La violencia que lo envuelve todo en una vorágine de locura que abotarga la razón de los hombres. Las cuerdas, el aire y las voces se entrecruzan. Todo en una mezcolanza de arena, sangre y odio.
Un hombre que cae, otro que se levanta, espada contra espada, el azuzar de sus ropajes, el barro que ralentiza el movimiento…el trombón de nuevo, que despierta huracanes de ira, la sangre que baña el campo batalla de un color carmesí y el hombre victorioso que es atravesado por una lanza, seccionándole la piel,  cortándole los tendones y el poco cartílago que le recubre el corazón. El portador de la lanza continúa con su baile…errático como si otra muerte más no fuese si no parte de su coreografía. El violín solloza solo, aunque no tardan en acompañarle el griterío de los soldados farfullando el apodo del caballero de la lanza. ¡¡¡Lug…Lug…Lug!!! No es su  nombre pero todos le conocen así, por la primera inicial de cada uno de sus apellidos.     

Lope Uriarte de Garmonegro así es como se llamaba, aunque a excepción de su familia nadie le conocía ya  por ese nombre tan engorroso. Tampoco sabían mucho de él, tan solo lo que contaban las leyendas. Era feroz con la espada, jamás había sangrado, había llevado a la orden de los caballeros pardos a lo más alto, se decía que nada le gustaba más que la guerra, que el olor a sangre…nada más que ver su arma bañada de ese burdeos que embotaba a los hombres llenándoles de vida. Pero sobre todo era imparable con la lanza, empalaba, decapitaba y se movía con una gracilidad jamás vista en un hombre…si, así es como se llamaba. 
Lug el de lanza llameante.
Más fue el caballero al que todos llaman Lug  el que decidió desvencijarse de su atalaje, sirviéndose de reclamo para el resto de huestes bárbaras.
Unos movimientos sinuosos, agiles y elegantes introducen a este en un estado de trance. Su cuerpo bulle desnudo, tan solo acompañado de su allegada lanza. Marrones, rojos y grises inundan  sus retinas. Golpea a los hombres  haciéndoles trastabillar. Una esquiva más, un golpe certero en los ojos, un grito amenazador contra él. La espada que se levanta con la fuerza de un yunque pero con la destreza de un elefante. Para Lug,  todo forma parte de la misma ceremonia.  Ensartar…decapitar…bailar. Las espadas pasan lejos de su cuerpo blandiendo el aire, su lanza describe círculos imposibles golpeando a sus enemigos... La pica que atraviesa la yugular, los remojos que tiznan de rojo a un hombre sumido en un éxtasis visceral.
Ahora bien. No fue hasta mucho después, que el mundo decidió detenerse, dejando a los combatientes sumidos en un estado de parálisis, que les hizo perder la razón, convirtiéndolos en rocas. Solo uno, nuestro campeón era capaz de moverse todavía, solo él conservaba la cordura. Desconcertado, recogió cada retazo de su atalaje. Fue entonces cuando se percató de su presencia, monstruosa, aterradora. Una extrañeza oscura cubierta de acero  que  deambulaba no muy lejos de donde él se encontraba. Su robustez era  dos veces la de Lug. La poca luz que ya traía el amanecer era absorbida por su armadura, negra como el azabache. Pero sin duda alguna lo más portentoso de todo, eran los cuernos que dominaban gran parte de su cabeza. Similares a los de un toro y que no tenían que ver nada con un yelmo.  Nacían de su rolliza nuca.
 Fue acercándose con cautela hacia aquella rareza oscura. Con el arma en prevengan y el corazón inserto en un puño. No era fácil de asustar y sin embargo ese ser lo había conseguido. Lug miraba  a los hombres que yacían tirados en el fango, tocaba a los que seguían petrificados. Su voz fue lo primero que se escuchó desde que el mundo se detuviera.  
― ¿Quién eres? Le pregunto; no, sin que el vello se le erizara un poco más. Nunca había visto nada igual. ¿Un toro sobre dos patas?
La bestia giro sobre si misma  al oír la voz del semejante. La cabeza de león tallada en el pecho eran los únicos rasgos destacables.
― ¿Quién eres? Volvió a farfullar. La presencia lo busco con la mirada…la risa voraz de la bestia acongojo a este todavía más y  sin embargo seguía sin saber a qué diantres se enfrentaba.
Un momento después su voz inundo los pabellones auditivos del caballero.
― ¿Es que no me conoces?
Una alerta inesperada soltó el resorte que mantenía la mano fuera de la espada. Entonces agarro la empuñadura con violencia.
― ¿Es que no me conoces? Volvió a preguntar, visiblemente más irritado.
La hoja que refleja la luz del amanecer al despojarla de la vaina que le da cobijo, un hambre insaciable embota la hechura del acero, el puño de Lug blande con más fuerza la empuñadura, el corazón le golpea el pecho avivando la llama de la ira. El veleidoso Kirye apremia a nuestro héroe a lanzarse encolerizado sobre aquella extrañeza opaca. Demasiado lento... Demasiado torpe... para la veloz presencia.
El dolor que despierta los sentidos, la espada que atraviesa el pecho cercenando cartílagos, rasgando la piel, enterrándose virulenta en las vísceras del hombre. Estertores de sangre dominan ya el ánimo del caballero. Y la  mano bizarra de la bestia que compunge el gaznate de su víctima, presionando con tesón, sin piedad.
         
Sus pisadas retumban sobre el mármol de la sala, su sonido rebota en la tosca piedra que da forma al castillo. La capa  arrastrando por el suelo, intentando recoger  el rumor que producen las  grandes botas de cuero que visten al valeroso hidalgo. La armadura da cobijo a los ropajes andrajosos que se puede permitir. La barba le cubre el rostro, la melena recogida en una gran trenza y la mano asiendo la empuñadura de su espada. Unos pasos más para plantarse delante del rey…un poco más cerca…
― Vaya, vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? Un oso.
La voz del rey silencio el eco de las botas hundiéndose en el mármol
― Un caballero.  Respondió este.
― No me vengas con sandeces Lope. Sois osos. Osos pardos no caballeros
― Para eso me ha mandado llamar…
― ¿Necesita un rey motivo alguno para no llamar a quien le plazca?
Sin embargo... oso. Esta vez sí que hay un motivo. Veras. Llamo al auxilio a tus osos, les necesito a ellos y te necesito a ti. Lope
― Mi nombre es…
― ¡Tu nombre es el que yo decida, vasallo, súbdito, plebeyo! ¡Y arrodíllate cuando te dirijas a tu rey!
No se arrodillo, tampoco dio contestación alguna a aquel insulto e intento emprender la marcha hacia la salida, pero dos guardias se lo impidieron agarrándole ambos de los brazos.
― Lope…Lope…Lope cada día más desobediente con tu rey.
Como te decía, tú y tus osos haréis un trabajo para mí. Los barbaros del este tienen ocupado el baluarte de Tirmes. Como sabrás, mi hijo acaba de cumplir la mayoría de edad y necesito que se independice, necesito que vea como es la vida fuera de mi protección y que aprenda a gobernar. Pero, para eso, primero tendrá que conseguir manejarse solo y el baluarte de Tirmes es un buen lugar. Ya me entiendes.
― ¿Me pides que vaya a la guerra con mis caballeros, para que tu hijo pueda independizarse?
― ¡¡¡Te doy la razón por la que te mando a luchar!!! Aunque bien podría callarme y hacer que solo cumplieses mi orden, sin explicación alguna. Muchos dirían que soy un rey benevolente.
― Mis caballeros y yo no iremos a ningún sitio
― Veras Lope. No te lo estoy preguntando, no tienes otra opción. Los osos pardos servís al rey os guste o no. Si desobedeces a la corona te arrepentirás.
          Este giro sobre sí mismo, haciendo caso omiso a la amenaza del rey. Se movía  colérico hacia la salida. Cuando la voz del rey volvió a rugir.
           ― ¡Lug!
Se paró en seco, casi en el umbral de la puerta.
          ― Se lo que buscas, te conozco, conozco a los que son como tú. Buscáis la gloria, anheláis que la gente pronuncie vuestros nombres, codiciáis el recuerdo eterno de vuestras hazañas.
Haz el trabajo y prometo que después de esto, tu nombre retumbará en los ecos de la eternidad.
Un silencio cerval, una respiración más excitada de lo normal y la comisura de los labios que se mueve hasta formar una mueca sonriente. Lug atravesó el umbral sin mirar atrás.
El rey soltó un último alarido que impregno los entresijos del hombre.
             ¡Al alba un guía te estará esperando en la salida del lago!

          Lo sujetabá en volandas solo con su enorme mano. La espada hace tiempo que la separo de su cuerpo, dejando una herida abierta por la que se dispersaba la sangre abyecta que envenenaba su cuerpo. El ser aprieta con más fuerza el cuello, consiguiendo que el aire no llegue a alimentar los órganos que sustentan al hombre mortal.
El sol ya ha salido en el este, adormecido, casi melancólico,  como si por alguna extraña razón presintiese el dolor del que iba a ser testigo aquel cruel amanecer. La mano intenta asirse al calor esperanzador de los rayos de un sol que aún no calienta lo suficiente, el calor que huye del cuerpo dejando que el molesto frio inunde la hechura de nuestro héroe.  A lo lejos cerca del mar logra ver a una niña y una mujer. Sonríen. Con lágrimas en los ojos, recuerda las últimas palabras de su amada.
― Déjalo. Olvídate de todo ese manantial de violencia, sé el hombre con el que me case. Anhelas la gloria y no te das cuenta que ya la tenemos, no necesitamos más. Solo tú, yo y nuestra hija…
― No te vayas papá…
Intenta abrir los ojos, moverse, pero ya no le queda vida, sin apenas percatarse se le ha escapado entre los dedos fríos y pálidos…aunque sí que consigue mover los labios en un último susurro.
― Os quiero. Siempre os querré, espero que algún día podáis perdonarme
          Si las cuerdas del violín no se hubiesen roto, habrían logrado que estas palabras quedaran engarzadas en el aire, para que el trombón si todavía siguiese vivo las  desplazara  por todo Silgar hasta llevarlas a oídos de su mujer e hija. Quizás los coros podrían haber hecho algo en última estancia…pero yacen moribundos e aquella triste llanura, henchida de una ruin mortandad.
Entonces, las taciturnas elocuencias de nuestro héroe  apenas se movieron del lugar, sí que avanzaron un poco, seguramente hasta rozaron alguna nube, tal vez incluso alguna letra quedó desperdigada y logro llegar al sol, pero los anhelos del hombre quedaron sumergidos en aquel insidioso barrizal.


domingo, 10 de julio de 2016




                                                                          Primer movimiento.
                                     
                                         Réquiem    Mozart
                          
                                                               Introito
                         

                       
                       








                                                 




                                                                                De la eterna oscuridad





                              









Se acerca el fin…
Fue el fagot el que hizo que las nubes ásperas y llenas de ira, cabalgasen en pos de aquella oscura tierra, una tierra lejana, perdida en el más triste de los parajes y enterrada en lo más recóndito de los entresijos del ser humano.
 Aquellas, se movían dichosas emitiendo impulsos eléctricos, blandiendo entre si truenos agónicos y arrastrando una espesa bruma que lo impregnaba todo a su paso, los altos alcornoques, la virulenta maleza, la roca… esa que daba forma a enormes torreones y a grandes baluartes… mientras quedaba  aletargada en el espeso aire, a la espera de algo más que devorar.
Fueron las nubes las que arrebataron el color oscuro a la noche, transformando el cielo en un tapiz gris, llenándolo de ceniza. Un adolorido clarinete consiguió que la aciaga cólera quedara sumida en la nada, convirtiéndola en una tristeza ruin. Colmadas de lágrimas  se fundieron con el agua que trasportaban y  escupieron el odio que habían ido acumulando durante siglos. Un grito agudo y todo exploto. Clarinete y fagot suenan al unísono. Comienza el introito.
 La primera lágrima fue absorbida sin esfuerzo alguno por la vetusta tierra, hizo lo mismo con la segunda, la tercera y la cuarta, pero las estas eran incontrolables y la tierra no tenía fuerza suficiente para resistir la angustia de las desoladas nubes. Casi sin querer… se dejó devorar por la afligida tristeza.
De nuevo los truenos, de nuevo el temblor, de nuevo el clarinete y fagot y por fin la súplica y el interminable llanto.
  El hombre se despertó con el chirriar de la puerta al abrirse, con el estridente sonido de las bisagras emitiendo gritos de dolor, un dolor viejo, antiguo, un dolor que había permanecido dormido durante años. Mientras la puerta continuaba su viaje interminable hacia su más próximo asidero,  el hombre  seguía sin vislumbrar nada, tuvo que esperar a  que su mente aletargada por aquel ensueño que le gobernaba, diera  el permiso necesario a sus ojos, para que estos, ávidos de la necesidad de obrar, dejasen entrar algo de luz,  una luz sin embargo que no lo era tanto, pues era la oscuridad la que henchía aquella vieja mazmorra. El prisionero abrió poco a poco los parpados, pesados como yunques, dejo que la atmosfera  que envolvía la estancia rozara despacio sus decrepitas pupilas, estas se dilataban y contraían para acostumbrarse a la nueva situación y con ello conseguir  entrever, quien abría la puerta. ¿Cuánto hacia que no utilizaba los ojos? No tardo en descubrir que allí solo estaba él y que aquel portón carcomido no estaba siendo movido por nadie.
― ¡¡¡Hola!!! 
Su voz quebrada retumbo por las piedras que daban forma a la mazmorra, esas que le resguardaban de la colérica lluvia. Miro alrededor descubriendo adoquines primitivos cubiertos de gusanos que socavaban piedra a piedra, convirtiéndolos  en polvo, un polvo que se amontonaba a los pies de los muros, un polvo que recubría lo que parecían restos de algún ser vivo. No muy lejos escucho el cloquear del agua golpeando la piedra…Cloc cloc cloc. Aquel sonido despertó en el hombre una sed voraz. ¿Cuánto hacia que no bebía? El rumor del viento le hizo estremecerse, su cuerpo presa del frio comenzó a temblar, sus dientes emprendieron una ardua tarea, costosa en un principio, pero  cada vez  menos trabajosa, poco a poco fueron esforzándose por acallar el cloquear del agua, golpeándose entre si. El hombre intento refugiarse bajo las telas de su ropaje, un  ropaje deslustrado, turbio, y andrajoso. Su tez estaba cubierta por una barba espesa, junto con una melena pelirroja, sus ojos marrones no dejaban de observar aquella mazmorra solitaria.
― ¿Dónde estoy? ― Susurro. Un susurro que hizo que se le erizara el vello del cuerpo… y  por un momento lo comprendió, lo hizo al oír el eco de su voz retumbando en el vacío de aquella mezcolanza de piedras y arena, se dio cuenta en el instante en que su voz quedo absorbida por la quietud de aquella lúgubre estancia.
― Estoy solo.
Intento levantarse, dejando que sus piernas afanosas de movimiento, poco a poco tomaran conciencia de quienes eran e hiciesen su trabajo, sujetar aquel ser…
― ¿Quién soy?
 Una vez en pie, una vez que su cuerpo estuvo dispuesto a caminar, oteó en la piedra un agujero del tamaño de su brazo, vislumbró dentro de este un aletazo de luz, unos cuantos  movimientos flexibles y rápidos de algo que danzaba en el interior. Se movió rápido sin apenas pensarlo, el brazo que llevaba dormido una eternidad salió disparado en pos de aquello que no dejaba de agitarse, agarró con sus dedos duros y fríos aquella amalgama de pelo y músculos, sintió en su piel el calor del animal. Era un calor embriagador excelso de vida. Cuando saco la mano del ponzoñoso agujero donde la había metido, se percató de lo que era… una rata, apenas se entretuvo, apenas disfruto de la caza, directamente se la metió en la boca y la mordió, mientras esta chillaba, mientras intentaba asirse de los dientes feroces de aquel semejante, este disfruto de su calor, agradeció la sangre discurriendo por sus labios, gozó mordisqueando la carne, para luego estremecerse sintiendo su sabor. ¿Cuánto hacia que no comía?
Se quedó de pie en el umbral de la puerta, unas escaleras largas y oscuras descendían hacia el infinito. Asomo un poco más la cabeza hacia aquella penumbra y volvió a farfullar.
― ¿Hola?
El sonido descendió escaleras abajo perdiéndose en la oscuridad. No hubo respuesta. Una vez más el silencio absorbió su voz. Fue un momento después cuando decidió descender hacia la penumbra, aunque no sin temor, y sin que se le estremeciese todavía más el corazón. Dio un paso, luego otro, se descubrió descendiendo con más valor del que creía, sus pasos retumbaban en la inmensidad del vacío, en la infinita oscuridad, sus manos asidas a las paredes daban seguridad al resto del cuerpo, quiso encontrar su voz, estaba dispuesto hacerlo. ― Alguien me ha tenido que oír. ¿Dónde está todo el mundo? ―  Levanto la vista de los escalones al percatarse de un ápice de luz que entraba al final de estas. Comenzó a descender más y más  rápido, ya no necesitaba las manos, corría sin ningún tipo de apoyo. La luz cada vez más grande, cada vez más cerca… y el hombre que se bloquea, taciturno, cuasi insípido, relleno de hollín, de una burda longevidad. Su razón, deambulando de un lado a otro en pos de alguna conjetura plausible, en aquella atmosfera envenenada de una oscura embriaguez…las notas, el violín, los coros, aquel silencio cerval, aquella claridad tan lejana…pero el cuerpo se debilita bajo aquel arco que compunge las rocas, las que dan paso hacia una palpable mortandad.
Tanto tiempo esperando, tanto terror acumulado, tanta desdicha. Pasó mucho tiempo antes de que este decidiese poner rumbo a aquella suerte de bosque enfermizo. Más fueron sus pies los que decidieron dar el paso y avanzar, dejando a la lacónica razón envuelta en una vorágine de locura y desesperación. El viento azuzo sus ropas y acaricio su tosca piel, sus cochambrosas sandalias peinaban la hierba que se movía bajo sus pies, las manos intentan asirse al aire, que por un momento parece envolver al hombre, ahora perdido en aquella selva oscura. Entonces levanta la vista hacia el vacío estelar, pero no recuerda el nombre de ningún Dios al que rezar, las estrellas lo observan perezosas, como ocultando la aparente verdad, una realidad tan absurda que hace que nuestro hombre, no sea si no una diminuta  nota en aquella enorme partitura.
Después contemplo desolado la torre donde había estado encerrado, vislumbró aquella estructura ruinosa, que se encontraba en medio del claro de un bosque. Este estaba lleno de abetos malogrados, más bien espantajos  oscuros y mal cuidados, cosas deformes y grotescas sin una chispa de color. Ahora bien en toda aquella planicie he incluso dentro del bosque, el silencio lo envolvía todo, no se oían pájaros, no cantaban grillos, no crujían las ramas, era el silencio quien abarcaba todo y era un silencio cerval, espelúznate, un silencio sin embargo que no lo era tanto para poder alcanzar el sueño apaciblemente.
 Concluyo seguir caminando, hacia cualquier dirección, daba igual, todo estaba cubierto de un manto de árboles enormes.  Una vez dentro del bosque se dio cuenta de que la oscuridad era incluso más  agresiva que en el claro, y el silencio mucho más aterrador.
Llevaba mucho tiempo caminando, ya no se acordaba del sabor de la rata, y el silencio no lo era tanto gracias a su estómago, por suerte la oscuridad también menguó gracias a que sus pupilas se acostumbraron pronto a la oscuridad.
Mientras el hombre sigue a su paso, mientras el silencio lo abarca todo. Nosotros de la lejanía como fundiéndose con la oscuridad oímos el fagot con el que ha dado inicio el introito. El hombre sigue perdido, inundado por la oscuridad, abrazado por los enormes sauces y envuelto en el silencio. Pero para nosotros todo se mueve con ese fagot solitario que de nuevo ha comenzado a sonar.  Pronto durante ese mismo caminar notó que el suelo comenzaba a temblar, no era una vibración fuerte ni exagerada como las que suelen traer los terremotos, era un vibrar suave y sosegado, acompañado por un adolorido y encantador clarinete que en ese instante vuelve fundirse con el fagot. Él hombre se detuvo, creía también haber oído algo, era como…el batir de unas alas, no podía ser un pájaro pues sonaba tan cerca y tan fuerte que tenia que ser algo mayor. ― ¿Un buitre?  No, es mucho más grande― El caminante se resguardo asustado bajo uno de los árboles, puso más atención al ruido, mirando a la excelsa oscuridad. Descubrió unos ojos rojos bien grandes. ― Sabía que no podía ser un buitre― Aprecio una enorme silueta acercándose a gran velocidad, escucho más fuerte el batir de las alas,  un bálsamo a quemado inundo sus fosas nasales, y después de una larga espera lo vio…tan grande como el bosque, tan negro como el cielo.  Los violines comienzan a sollozar, dejando en un segundo plano al fagot y clarinetes, pareciendo que presienten la llegada de aquella infame criatura, acompasando su vuelo desde las estrellas. 
Se posó con sus enormes garras sobre los árboles, estos sufrían aguantando el peso de aquel, sus enormes alas se cernieron sobre su cuerpo abrigándolo del frio, observó al hombre con sus enormes ojos rojos. Y el simple mortal que se arredra, que busca cobijo entre sus rodillas porque apenas se atreve a mirar. Fagot, clarinete y violín suenan al unísono. La criatura acerco sus fauces al semejante aterrorizado y rujió, tan fuerte que rompió el silencio que lo había gobernado a este desde que despertara, despertó cuervos que comenzaron a graznar, y sacudió árboles, que a punto estuvieron de caer. El hombre se tapó los oídos pero le fue imposible apaciguar aquel fulgor sonoro.  ― ¡¡¡Humano!! ― Pronuncio y después aquella bestia gigante desapareció, con la misma rapidez que vino, camuflándose entre la oscuridad.

          



Ahora bien cuando aquella suerte de bestia malograda hubo desaparecido y una vez que el alma de aquel pobre hombre encontró un resquicio de paz, resolvió seguir caminando. Tenía que hacerlo, salir de allí lo más rápido posible. ¿Pero a dónde?  Mientras  se movía sin un destino concreto, una voz suave y melancólica le hizo detenerse.
― ¿Qué haces por aquí joven heraldo?
La anciana salió de una especie de casucha que el hombre no había logrado ver.  Su tez  diezmada por la edad y llena de surcos no permitía ni una arruga más, iba tapada con un pañuelo y un largo vestido negro, ya no le quedaban dientes y sus dos ojos eran completamente blancos.
― ¿Quién eres? Pregunto el hombre
― ¿Qué quién soy? Simplemente soy, que ya es mucho en este lugar.
― ¿Quién soy yo entonces?
 Una pregunta bastante difícil de responder, deberías conformarte con estar vivo.
― No es suficiente, necesito saber quién soy.
 Morirás como otros antes que tú
― ¿No lo estoy ya?
― Si, tal vez.
    ― He visto ¿un dragón?, o al menos eso creo, era negro  con los ojos…
   ― Rojos.
   ― Sí. Creía que no existían
    Creemos tantas cosas joven heraldo, que podrías llegar a sorprenderte. Nelgar,  así es como se llama, puede adoptar muchas formas, tantas como miedos existen en el hombre. Lo que ahora me inquieta es porque lo has visto, porque ha venido a ti. Ven acércate deja que vea tus ojos. Vaya…vaya…vaya… jamás había visto nada igual de tantos que han pasado por aquí, quizá tengamos un pizca de esperanza contigo.
― Puedes decirme entonces donde estoy. Y ¿Por qué no hay nadie? ¿Qué ha pasado?
― Puedo decirte tantas cosas, la cuestión es si debo, o si recuerdo algo, todo cuanto paso esta tan lejos en el tiempo que ni yo alcanzo a recordar. 
Recuerdo que Nelgar abrió las puertas del inframundo. Nadie sabe cómo, ni siquiera sabíamos de su existencia. Después lleno el cielo de su oscuridad dejándonos sin luz. Libero bestias deformes, ejércitos de no muertos abrigados de armaduras grotescas. Recuerdo que reyes de todo el mundo se unieron para luchar. Pero bajo los abismos del inframundo Nelgar guardaba un secreto mayor que todos sus no muertos, un secreto mucho más terrible y voraz…Dragones.
Después todo es oscuridad, desesperación, y silencio…sobre todo silencio.
― ¿Por qué no recuerdo nada, ni si quiera  mi nombre?
― Yo puedo darte un nombre si tanto lo anhelas, pero el tuyo propio por el que una vez se te conoció, hace tiempo que desapareció, no tienes pasado, al igual que tampoco tendrás futuro…aunque tus ojos. Ven quiero darte algo.
La anciana hizo pasar al hombre a su casucha, abrió un pequeño baúl y le dio una armadura de bronce, negra como el carbón, con una cabeza de león tallada en el pecho y una alabarda que solo era capaz de mover con las dos manos.
― Pero… ¿No se utilizarla? Además ¿Cómo va esto a ayudarme a saber quien soy?
― Joven heraldo, terco como una mula. Sin esto, no podrías seguir vivo. Todavía deberías de darte con una pica en esa dentadura tuya, de haber llegado hasta aquí sin un rasguño.
Veras…una vez oí, que no muy lejos de aquí existe una montaña enorme. Tan alta que ni los carroñeros de los buitres son capaces de llegar. Allí en su cima hay un santuario. O al menos eso creo, como digo no son mas que chismes de una anciana que apenas recuerda que comió ayer. Dentro del santuario debe de haber un espejo gigante dicen que si eres capaz de plantarte delante de él puede contarte quien eres. Pero nadie ha vuelto con vida para saberlo con certeza.
― ¿Cómo llego hasta allí? ¿Cómo se llama ese monte?
― Son muchas preguntas para una anciana como yo. Y veo que tienes una intrínseca obsesión con eso de ponerle nombre a todo. Bien. Llamémosle monte perdido. En cuanto a la dirección creo que tendrás que seguir los arboles, hazlo hasta que dejen de existir, quizá entonces logres ver la montaña. Aunque puede que me equivoque.
― Pero no me das ninguna solución.
― Tampoco la necesitas, mi misión esta hecha, tienes tu armadura y portas tu alabarda. En cuanto a mí…
El ruido de un trueno ensordecedor hizo vibrar la casucha, la túnica que envolvía el cuerpo de la anciana callo vacía al suelo. Aquella suerte de vísceras músculos y voz que daban forma a aquel cuerpo casi moribundo había desaparecido.
Y ahora el fagot…quizás el clarinete o acaso los coros y la testarudez de un melancólico violín. Y la voz del hombre saliendo de sus entrañas con un terror absoluto.
― Monte perdido.